Mas testimonios de poder y milagros del Señor.
Cuando los barbudos del Estado Islámico irrumpieron en Baqufa, una
aldea cristiana a 25 kilómetros al noreste de Mosul, el octogenario
Stivan Mansur se preparó para lo peor. Ciego e impedido, no pudo emprender la huida junto a otros cientos de vecinos. Stivan y su esposa Nayiba se mudaron a la habitación más alejada del exterior y rezaron suplicando un milagro. "Pasamos tres días sin comida ni agua escondidos en el cuarto. Jamás habíamos tenido tanto miedo",
relata a EL MUNDO Mansur desde el salón de su modesta casa, a un paso
de la iglesia de Mar Gewargis. Hace una semana los 'peshmergas' (tropas
kurdas) recuperaron la villa pero el templo y las viviendas cercanas siguen cerradas a cal y canto. Las 600 almas que poblaban el lugar hasta la llegada de las huestes del califato no han vuelto. El frente donde kurdos y yihadistas libran batalla está a menos de un kilómetro.
"Son ladrones y asesinos. En esta calle descargaron hasta 150 balas", dice el octogenario,
un taxista retirado que hace veinte años dejó Bagdad y se refugió en
uno de los últimos reductos cristianos de la provincia de Nínive, en el
norte de Irak. El páramo -que sobrevivió durante siglos a la
persecución de mongoles, persas y kurdos- cayó en manos kurdas tras la
desbandada del ejército iraquí en junio. Pero a principios de este mes las tropas de la región autónoma del Kurdistán desaparecieron barridas por la ofensiva del Estado Islámico (IS, por sus siglas en inglés).
Los extremistas disfrutaron del botín durante una semana. En el
contiguo Talessfek, otro poblado de mayoría cristiana, camparon a sus
anchas: ocuparon las viviendas, destrozaron las reliquias que
colgaban de sus muros y arrancaron la cruz que lucía la cúpula de la
iglesia. En ningún momento, sin embargo, llegaron a percatarse
de que dos ancianos permanecían atrincherados en los confines de su
hogar. "Ni se enteraron de que estábamos aquí. Escuchamos los disparos
pero nunca cruzaron la puerta de la entrada. Hasta que un día llegaron los 'peshmergas' con viandas y agua", narra alegre Mansur.
"Si no hubieran liberado el pueblo, habríamos muerto. Se nos acabaron
las existencias y no teníamos electricidad", advierte su esposa Nayiba
Gorgis.
Las calles que conducen hasta los últimos habitantes de Baqufa están desiertas. El único sobresalto -las gallinas que murieron de sed y hambre- se desperdiga por el pavimento. Aliviado por los ataques aéreos estadounidenses,
el ejército kurdo puso fin a la agonía el pasado domingo. "No pudieron
defenderse. Les atacamos desde cuatro frentes. Un segundo batallón se
internó a pie en su territorio y les sorprendió por la espalda. Tras hora y media de combates recuperamos la zona", detalla a este diario el general Abdulrramán Qaurini mientras da caladas a un cigarro.
Para el baqueteado guerrillero -que presume de las cicatrices que han tallado en su cuerpo cuatro décadas de escaramuzas con las tropas de Sadam Husein-,
los yihadistas son el enemigo más bárbaro que ha conocido. "Cuando
llegamos a Talessfek, estaba repleto de explosivos. Nunca vi tanto TNT
junto. Le dije a un amigo que la cantidad de cargas que colocó el IS en las viviendas y la iglesia supera a las reservas de trigo de todo el Kurdistán", asevera. Y agrega: "Sadam era un dictador pero, comparado con el IS, tenía principios".
El rastro de los yihadistas asoma en la cuneta de la carretera que
lleva al frente, a unos metros del último puesto de control kurdo. Junto
a un vehículo destripado por la refriega y una bandera del IS, la
tierra recién movida sepulta el cadáver de un militante. "Conducía la
furgoneta cuando le disparamos. Matamos a otros siete combatientes pero
fue el único cuerpo que el IS no pudo recoger", explica Yalal Amin, uno
de los oficiales que participó en una operación que, desde entonces, no
ha logrado nuevos avances. La frontera continúa plantada a las puertas
de Batnaa, la villa aneja. "Esperamos órdenes", arguye Amin
escuetamente. Su superior no oculta, en cambio, que la escasez de
armamento ha congelado cualquier progreso. "Algunos de los
terroristas que asesinamos tenían rasgos europeos. No queremos soldados
extranjeros en nuestro territorio pero los países occidentales deberían
enviarnos armas. Es mejor extirpar el cáncer antes de que se extienda. Si no lo hacéis, no podréis dormir tranquilos", avisa Qaurini.
Fuente: EMundo

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